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lunes, 15 de febrero de 2010

La Corona debe cuidarse

Los pactos que está pidiendo el Rey entran dentro de sus funciones constitucionales, por lo que el Monarca cuenta con legitimidad y un margen de discrecionalidad a la hora de “moderar el funcionamiento regular de las instituciones”, según afirma la propia Carta Magna. Quede claro, por tanto, que el Rey puede hablar y puede reunirse, e incluso debe hacerlo, en el marco del cumplimiento de sus obligaciones y de su solicitud por la nación. Sin embargo, si no se puede discutir la habilitación legal, y si el Monarca cuenta con un aval de confianza previa, sus actuaciones sí son susceptibles de rigurosa crítica política. Y esa crítica política se hace ahora más necesaria en tanto que el Monarca ha descendido, precisamente, a las arenas de la política, con el impulso de un pacto que genera incertidumbre por su carácter genérico e indefinido y ofrece dudas razonables en torno a su oportunidad y viabilidad. La misma polémica que están provocando los movimientos del Rey da indicio de una estrategia mal planteada desde el principio.

La sobreexposición mediática del papel político del Rey se agrava con la percepción que, en estos momentos, comparten muchos españoles: la cesión de Don Juan Carlos de su requerida neutralidad y su consiguiente confort con el actual Gobierno de izquierdas. Quizá esta querencia tenga voluntad táctica y pragmática, pero no por eso es menos evidente, ni deja de ser una recaída en una recurrente tentación de su reinado. Y lo malo es que, evaluado en esos mismos términos de pragmatismo y táctica, la comodidad del Rey con la izquierda no se puede explicar como un intento de mejora de su imagen, sino como la voluntad de asegurar su posición institucional contando con el respaldo de un Gobierno que, precisamente por su condición de izquierdas, siempre hace pender sobre los hombros del Rey la amenaza de su falta de adhesión. Así se pudo ver cuando el Gobierno quiso utilizar al monarca en el caso Haidar, para tapar sus vergüenzas: como siempre, el chantaje de la izquierda estaba implícito.

Que exista esa amenaza de la izquierda no debe implicar que el Rey se someta a ella. La Corona debe cuidar mucho sus compañías. Si el monarca ha de llevarse con Gobiernos de izquierdas y de derechas, cabe señalar que, en tiempos anteriores a los del actual jefe de la Casa del Rey, Alberto Aza, concretamente en los del añorado Sabino Fernández-Campo, la ecuanimidad se mantuvo en todo momento.

Ciertamente, Don Juan Carlos ha tenido cuidado de no repetir el mal precedente histórico que sentó Alfonso XIII en su viraje a la derecha, pero el actual monarca hace mal en proyectar su holgura hacia la izquierda: en primer lugar, porque el apoyo social de la derecha es, con justicia, crecientemente exigente y crítico y, en segundo lugar, porque, una vez que el Rey deja de estar por encima de la vida partidista, deja también, de modo automático, de ser el Rey de todos los españoles, cuestión aún más dolorosa para una derecha que ve menospreciado su tradicional respaldo al Monarca. Si los españoles han sido históricamente críticos con que sus reyes se metan en política, Don Juan Carlos debería, más que nunca, ceñirse a “esa esclavitud precisa que trae consigo la Corona” a la que aludía Felipe II, y hacer visible, como mínimo, su imparcialidad.

Esa distancia es la que se ha echado en falta cuando el Rey ha caído en los clichés del zapaterismo en sus discursos o, más singularmente, cuando, con su actitud, parece no reconocer que la crisis de España no es sólo económica sino moral, política e institucional. Por lamentable que resulte, la buena prensa que la Corona pueda eventualmente conseguir en la izquierda, no garantiza ni el apoyo mediático y político de esa misma izquierda encantada de disponer del Rey a su antojo, ni merma el creciente desapego de la derecha hacia el monarca. Y esto es muy grave.

Editorial de La Gaceta


El Rey en el avispero

Si en estos últimos años los hábitos políticos de quienes gobiernan hubieran sido normales, por no decir honestos y veraces, la iniciativa del Rey de ejercer las funciones de arbitraje y moderación, que la Constitución le encomienda, estaría justificada tanto por la gravedad de la situación económica y social, cuanto por los síntomas de la voluntad popular que no comprende que los partidos políticos, sobre todo los mayoritarios, sigan con sus miserables batallitas por mantenerse o conquistar el poder, en vez de pactar urgentes y enérgicas medidas en bien de todos, ni tampoco entiende una pasividad del Jefe del Estado que no se alivia con sus llamadas a remar juntos de sus últimos discursos. Una cosa es el sentido común de la ciudadanía. Otra muy distinta el escenario político español que, desde hace tiempo, está muy enfermo. Por causa de ese profundo deterioro, la iniciativa del Rey ha sido meter la mano en un avispero enloquecido. Resultado: que le pican inmisericordes desde todas las direcciones.

Los usos y derivas del actual inquilino de La Moncloa –el último la prohibición de estar presentes en la toma de posesión de Lobo en Honduras–, hacen difícil suponer que el Gobierno de Zapatero no esté detrás –por supuesto que la conocía– de la iniciativa real y de su nota de prensa. Pero como a este Gobierno, últimamente, casi todo le resulta tiro por la culata, tampoco sorprende que haya calado la impresión siguiente: peor de lo que nos dicen tienen que estar las cosas y, además, ninguna confianza debe tenerse en las aptitudes de Zapatero para que, ni más ni menos que el Rey tenga que intervenir gestionando los acuerdos de Estado. ¿El Rey en socorro de Zapatero? Para evitar que esta sospecha cuaje en dogma, no tanto por el socorro cuanto por la confesión de ineptitud, la vicepresidenta De la Vega dispara a la línea de flotación real recabando para el Gobierno la exclusiva responsabilidad de gestionar acuerdos y pactos. Y, tras ella, bastantes personajes del PSOE, junto con la batería mediática, se dedican a un doble atrezzo. De un lado, critican la iniciativa del Rey, poniendo en duda que sea constitucional o definiéndola con descaro como “borboneo” intolerable. De otro lado, abofetean a Rajoy en las dos mejillas: en la derecha por insolidario, antipatriota e irresponsable porque, prefiriendo que la crisis entierre a Zapatero, se niega a los pactos que salvarían España; en la izquierda, hurgando en la tesis de que Rajoy no es mejor que Zapatero, que no goza del favor popular ni de liderazgo en su partido y que, por tanto, no es alternativa válida de Gobierno en la crisis actual.

Si nos mantenemos en el escenario anómalo y enfermo, nuestro análisis del avispero debe añadir otras artimañas. Por ejemplo, las próximas elecciones catalanas. ¿Qué será del actual tripartito y qué de la aspiración de CiU a la Generalitat? Maragall y Castells ven venir el desastre y ponen distancias a la ilusión de Montilla, cuyas posibilidades están vinculadas al independentismo catalán. Sabedor del desgaste del tripartito, sobre todo por su lado más radical, Duran i Lleida se ha apresurado a rescatar el tradicional seny del centro político catalanista para, solicitando acuerdos de Estado a los dos grandes partidos nacionales y ofreciéndose como socorro al Gobierno de Zapatero; a demostrar al electorado catalán que son la fuerza más responsable, sensible a los problemas reales, moderada y capacitada para Cataluña y para “su relación con España” en la crisis actual. Sólo con esta maniobra, CiU ha ganado posición y prestigio. No importa que no logre mediar acuerdos, ni que alguna de sus propuestas sea adoptada por el Gobierno. Pero si le aceptan alguna, miel sobre hojuelas, el mérito será de CiU, el partido razonable, responsable y capaz. Actuando “electoralmente” ¿qué interés real pueden tener CiU o el PSC en que Zapatero y Rajoy alcancen unos pactos de Estado? ¿Qué pacto de Estado, verdaderamente “de Estado”, cabría sobre el Estatut y sobre el resto de la organización autonómica, que ofrecido por Zapatero pudiera aceptar Rajoy, que no cercenase bastante los poderes que disfruta el tripartito y que espera heredar CiU?

Ahí está uno de los meollos nacionales. Es un secreto a voces que la deriva de las autonomías ha convertido al Estado en insostenible en lo económico e inviable en lo político. De manera que hoy, en España, se ha producido un círculo vicioso letal entre el desastre económico y el político. Muchos opinan, incluso, que la carcoma política es el principal factor patógeno y que no habrá regeneración socioeconómica sin previa regeneración política. En este punto neurálgico es donde el mayor problema es Zapatero. Entre sus “éxitos” hay que destacar la destrucción del espíritu de consenso de la Transición y la huida hacia delante en la bilateralidad y desorganización de la unidad nacional que supuso su personal impulso al Estatut. A estos antecedentes hay que añadir sus perlas de incapacidad y mendacidad: sus perjurios electorales del 2008 sobre el pleno empleo y sobre la inexistencia de la crisis. En un escenario político normal, Zapatero debería haber dimitido. Los pactos de Estado necesitan otro escenario político y otros personajes, los que legitima una acción clara y expresa de la soberanía popular. En suma, se necesitan unas elecciones generales y, tras ellas, los pactos de Estado.

¿Podrá la iniciativa del Rey socorrer la agonía de Zapatero, evitando su dimisión o la anticipación de las elecciones? ¿Qué protagonista puede precipitar acontecimientos? No, desde luego, el honor político. El protagonista será el “pan” –la economía– con lo que no se juega.


Pedro-Juan Viladrich

Catedrático de Universidad y vicepresidente de Intereconomía.

Fuente: La Gaceta