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sábado, 11 de enero de 2014

Secretos de los reyes de los franceses

por Amadeo Rey y Cabieses


Título vinculado a personajes secundarios de la familia real francesa, a partir de la aparición de Felipe, hermano de Luis XIV, esta original dinastía dio a la monarquía gala célebres mecenas y artistas 

SS.AA.RR. los Condes de París
En abril de 2011 el Ayuntamiento de Palermo me invitó a dar una conferencia allí con motivo de la restauración de los jardines del palacio de Orléans, recientemente restau- rados. El edificio, sede presidencial de la Región de Sicilia, perteneció a los Orléans hasta mediados del siglo XX. En él residió durante su exilio siciliano, de 1808 a 1814, Luis Felipe de Orléans, luego rey de los franceses, casado con Amelia de Borbón, hija de Fernando I de las Dos Sicilias. Fue después de Enrique de Orléans, duque de Aumale, más tarde de Luis Felipe Roberto de Orléans, duque de Orléans, y de él pasó a su hermana la reina Amelia de Portugal. En él se casó en 1931 Enrique, con de de París, con su prima Isabel de Orléans-Braganza de quien más tarde se separó. Diserté sobre los Orléans como mecenas, coleccionistas, amantes del arte y ar- tistas ellos mismos. En el castillo de Chan- tilly, que fue de los Montmorency, de los Borbón-Condé y luego del citado duque de Aumale, aprecié la espléndida pinacoteca y la rica biblioteca que allí se conserva, una de las más importantes de Francia. Ana de Orléans, duquesa de Calabria, gran acua- relista, me contó en su casa, con enorme amabilidad, de las aptitudes artísticas de su familia para la pintura, la escultura, la literatura o la música. Hace poco asistí a la inauguración de una exposición de su hija Inés de Borbón-Dos Sicilias, que ha here- dado esas dotes artísticas.



Imitados

Desde el siglo XIV, cuando Felipe VI creó el título de duque de Orléans para su hijo Felipe de Valois, lo han ostentado segundones de la familia real de Francia. Algunos reinaron, como Luis XII –hijo del duque Carlos I de Orléans, el príncipe poeta, y de María de Cléveris– y el citado Luis Felipe, rey de los franceses, «por la gracia de Dios y la ley constitucional del Estado». Ese estilo de denominación se imitó luego por los reyes «de los belgas, de los búlgaros, de los helenos o de los albaneses». El ducado de Orléans fue «recreado» varias veces por los Valois. En época borbónica lo llevaron dos hijos de Enrique IV, Nicolás Enrique y Gastón.

S.A.R. Juan Duque de Vendôme
Pero es Felipe, primer «Prince du Sang», duque de Orléans, Chartres, Nemours y Montpensier, príncipe de Joinville, herma- no de Luis XIV, quien constituirá no sólo el tronco de la actual casa de Orléans –Phili- ppe Erlanger le llamó «el abuelo de Euro- pa»–, sino un ejemplo de la originalidad de esta familia. Le sucedieron varios Felipes y Luis Felipes hasta quien se hizo llamar desde 1792 «Felipe Igualdad». Radical y diputado de la Convención, firmó a favor de la pena de muerte para su primo Luis XVI, lo que no le evitó ser guillotinado por sus colegas jacobinos en 1793. Su hijo Luis Felipe vivió en Suiza, Estados Unidos, Inglaterra y Sicilia y reinó desde 1830, tras el destronamiento de su primo Carlos X. Liberal, «Rey Ciudadano o Burgués», adoptó la bandera tricolor ajena a la tradición borbónica.

En 1848, Luis Felipe perdió el trono y se estableció en Inglaterra, muriendo dos años más tarde. Había abdicado en su nieto Felipe (VII), conde de París, quien –tras morir en 1883 sin descendencia el nieto de Carlos X, Enrique de Borbón, conde de Chambord– asumió la jefatura de la casa de Francia, siendo contestado por los legitimistas que apoyaban al carlista Juan de Borbón, conde de Montizon. En 1886 la Ley de Exilio los expulsó de Francia. Se sucedieron como pretendientes orleanistas al trono Felipe (VIII), duque de Orléans, Juan, duque de Guisa –arqueólogo e historiador aficionado–, y Enrique, anterior conde de París,fallecidoen1999,querozólacorona en tiempos de De Gaulle. El actual jefe de la casa es su hijo Enrique, antes conde de Clermont, y ahora conde de París y «duque de Francia». Casó en 1957 con María Teresa de Württemberg. De sus cinco hijos, el ma- yor, Francisco, es inhábil pawra la sucesión debido a una toxoplasmosis congénita, por lo que el sucesor es Juan, duque de Vendôme, casado con Filomena de Tornos, padres de un hijo, Gastón. Tras divorciarse de María Teresa, hecha duquesa de Montpensier por su suegro, casó contra el parecer de éste –que durante un tiempo le retiró el título de conde de Clermont dán- dole el de conde de Mortain–, con Micaela Cousiño y Quiñones de León, hija del chileno Luis Maxi- miliano Cousiño y de la IV Mar- quesa de San Carlos, que con el tiempo recibió de su suegro el título de princesa de Jo- invillle. El 26 de septiem- bre de 2009 contrajo con ella matrimonio canónico tras muchos años de ha- ber casado civilmente. Ahora es ya ante la Iglesia condesa de París. En oc- tubre de 2013, el Tribunal de París reconoció a los hijos del anterior conde de París la propiedad de doscientas joyas y obras de arte, valo- radas en 20 a 25 millones de euros, gravadas con impuestos tan elevados que se ha afirmado que deberán subastarse en Sotheby’s. La sentencia confir- mó a la Fundación Saint-Louis como propietaria de inmuebles como el castillo de Amboise.

UNA BODA POLÉMICA

Enrique, conde de París, es el actual jefe delacasa.Apesardelaoposicióndesu padre, se casó en segundas nupcias con Micaela Cousiño, por lo que le fue retirado durante un tiempo el título de conde de Clermont

HEREDERO INESPERADO

De los cinco hijos de Enrique de Orléans,Juan, Duque de Vendôme, es el sucesor del linaje. Su hermano mayor, Francisco, fue inhabilitado para continuar la dinastía porque padeció una toxoplasmosis congénita.

Un amplio patrimonio

La Manoir du Coeur Volant (Louvecienne)
El Palais-Royal (izda.), construido en París por el cardenal Richelieu, pasó al hermano de Luis XIV. Poseyeron los castillos de Neuilly, Eu, Amboise (junto a estas líneas), Dreux, en cuya capilla está su panteón familiar, y los ya destruidos de Ran- dan o Bourbon-l’Archambault. Vivieron en Orleans House (Twickenham), Claremont House (Surrey), Stowe House (Buckinghamshire), el castillo de Nouvion-en-Thiérache, la Manoir d’Anjou y el castillo de Agiment –ambos en Bélgica–, la Quinta do Anjinho (Sintra) y la Manoir du Coeur Volant (Louveciennes), donde se establecieron en 1950 al abolirse la Ley de Exilio.

Amadeo Rey y Cabieses es doctor en Historia 
y miembro de la junta directiva de la Asociación Monárquica Europea

Publicado en La Razón el 04-01-2014







lunes, 4 de marzo de 2013

Protocolo de la Entronización Papal


por Amadeo-Martín Rey y Cabieses


Con la ayuda del Espíritu Santo y la necesaria colaboración de los cardenales electores, pronto tendremos nuevo Papa. La inauguración del pontificado, el rito de coronación ahora llamado de entronización, supondrá un despliegue de complicadas ceremonias a las que probablemente acuda nuestra Reina. El protocolo exige que en las audiencias privadas ante el Papa las damas vistan de negro, sin escotes, falda por debajo de la rodilla y manga larga. Evidentemente se deben evitar altos tacones, excesivas joyas y demasiado maquillaje. Así es como debería ir la Princesa de Asturias. Aunque hay quien piensa que sólo las reinas de España y de Portugal tienen el privilegio de lucir traje blanco y mantilla de idéntico color ante Su Santidad el Papa, lo cierto es que este uso, el llamado “Privilège du blanc”, está extendido al resto de soberanas católicas tanto titulares como consortes, como agradecimiento del Papa a los soberanos que se mantuvieron fieles al Sumo Pontífice durante los convulsos tiempos de la Reforma Protestante.

Sin embargo, las reinas de España tienen la particularidad de usar peineta, mientras que el resto usa simplemente la mantilla sobre el cabello. Así, en un acto en la Santa Sede ante S.S. el Papa podrían usar traje y mantilla blanca S.M. la Reina Doña Sofía de España, S.M. la Reina Fabiola, S.M. la Reina Paola de los Belgas, S.A.R. la Gran Duquesa María Teresa de Luxemburgo y por extensión SS.AA.SS. las Princesas María de Liechtenstein y Charlene de Mónaco. La esposa del entonces primer ministro británico Anthony Blair dio un “faux pas” cuando se presentó ante Benedicto XVI en 2006 vestida de blanco.

La tradición en las ceremonias solemnes y audiencias papales en la Santa Sede es que los varones acudan vestidos con frac, con chaleco negro en vez de blanco cuando se trata de una ceremonia religiosa. Lamentablemente algunos monarcas y príncipes europeos han pasado por alto esta respetuosa costumbre para presentarse ante el Sucesor de Pedro con un simple traje oscuro. Fue el reciente caso del príncipe Alberto II de Mónaco, que –en enero pasado- acudió de azul mientras su esposa llevaba traje blanco con mantilla del mismo color. Los signos exteriores dicen de las disposiciones interiores y no estaría de más que las acendradas usanzas vaticanas continuaran rigiendo y siendo respetadas.

Cuando Benedicto XVI fue entronizado en 2005 acudieron SS.MM. los Reyes de España acompañados por los ministros de Asuntos Exteriores, Defensa y Justicia. El día antes es ya tradición que el Embajador de España ante la Santa Sede, que hoy es Eduardo Gutiérrez Sáenz de Buruaga, ofrezca una recepción en el Palacio de España en Roma, sede de la misión diplomática permanente más antigua del mundo. Don Juan Carlos y Doña Sofía estuvieron también en los ritos de coronación de Juan Pablo I, Juan Pablo II en 1978. El protocolo vaticano establece que los soberanos reinantes y sus consortes se sienten en primera fila por orden alfabético del nombre de sus países en francés, el idioma diplomático por excelencia. Los miembros de casas reales no reinantes van detrás de las reinantes. Don Juan Carlos I vestía entonces uniforme de gala de capitán general y Doña Sofía traje y mantilla blancos con peineta. Cuando el ahora Papa Emérito inauguró su pontificado sólo acudieron, de entre las Casas Reales europeas reinantes, y entre los 36 jefes de Estado y las 140 delegaciones oficiales, además de nuestros Reyes, Carlos XVI Gustavo de Suecia, los grandes duques Enrique y María Teresa de Luxemburgo –ella de blanco y mantilla- Alberto II de Mónaco, el príncipe heredero Guillermo Alejandro de los Países Bajos, el príncipe heredero Felipe de Bélgica y el Duque de Edimburgo, esposo de Isabel II de Inglaterra. Esperemos que para acompañar a quien salga elegido Papa del próximo cónclave haya más y más altas representaciones. No en vano, será no sólo un soberano temporal sino el líder espiritual de millones de personas de todo el mundo.

Amadeo Rey es Doctor en Historia, Profesor de Dinastías Reales del Máster de Protocolo de la Universidad Rey Juan Carlos y miembro de la Directiva de la Asociación Monárquica Europea

Publicado en La Razón el 02-03-2013



jueves, 17 de enero de 2013

Necrológica del Conde de la Conquista




NECROLÓGICA DEL EXCMO. SR. DON JULIO DE PRADO Y COLÓN DE CARVAJAL, CONDE DE LA CONQUISTA,
SECRETARIO GENERAL DE LA SACRA Y MILITAR ORDEN CONSTANTINIANA DE SAN JORGE


Amadeo-Martín Rey y Cabieses

Doctor en Historia
Vice-Auditor General y Consejero de la Real Diputación de la Sacra y Militar Orden Constantiniana de San Jorge


El pasado día 29 de diciembre de 2012 falleció en Madrid don Julio de Prado y Colón de Carvajal Valdés y Colón, Conde de la Conquista. Ayer, 14 de enero de 2013, se celebró el funeral por su eterno descanso en la madrileña parroquia del Bautismo de Nuestro Señor.

Si todos y cada uno de nosotros somos únicos e insustituibles, esta máxima se cumple de manera sublime en la persona de Julio. Sabiendo que yo soy español y peruano, muchas veces me decía: “Amadeo, tú me comprendes bien, porque ambos somos criollos americanos”, es decir descendientes de españoles radicados hace siglos en América del Sur: españoles de allende los mares, en definitiva. Julio se sentía y era muy español, pero no se sentía menos americano. De ilustre prosapia chilena, había nacido en Madrid el 1 de noviembre de 1928, hijo del diplomático don Julio José de Prado y Valdés y de doña María del Pilar Colón de Carvajal y Hurtado de Mendoza, Marquesa de Castiglione de Aragón. Su amor por Chile le llevó a hacer el servicio militar en ese país. Su abuelo chileno don Julio de Prado y Amor, historiador y abogado, fue sucesivamente Gobernador de Taltal, Intendente de Antofagasta y luego de Atacama, Alcalde de Santiago, Diputado por Copiapó, Chañaral, Vallenar y Freirina y finalmente Ministro de Justicia e Instrucción Pública de Chile.
Descendía Julio de Bárbola Coya casada con el conquistador don García Díaz de Castro, y prima hermana de la ñusta, es decir de la princesa inca Beatriz Clara Coya, nieta de Manco II
Inca y sobrina de Túpac Amaru I, única heredera de la rica encomienda de Yucay, que casó en 1572 con un sobrino de San Ignacio de Loyola, el caballero de la Orden de Calatrava don Martín García de Loyola. Varias veces comentamos Julio y yo del fantástico cuadro que hay en la antesala de la sacristía de la Iglesia de la Compañía de Jesús de la bella ciudad peruana de Arequipa, que refleja ese matrimonio, tronco de los Marqueses de Santiago de Oropesa. Según Luque Colombres Bárbola era “sobrina del Rey Inca del Perú, de la estirpe Imperial de Los Incas, hija de Huira Cápac y de su mujer, Huacca Coya; nieta de Manco Inca, Emperador del Perú y de su mujer, Coya Raba Ocllo, y nieta de Huaina Cápac, Emperador del Perú, y de Pacha, Princesa real, hija de Hatun Toqui, Rey de Quito.
También descendía Julio de José Miguel de la Carrera, Juan de Garay, Francisco Pizarro, Hernán Cortés, Moctezuma, Cristóbal Colón, Jorge Manrique, sobrino del maestre de Santiago Rodrigo Manrique, Conde de Paredes de Nava, etc. España y América siempre, en su pasado, y en su presente. Mucho de Chile pero también del Perú. Recuerdo cómo me hablaba de los vínculos de su familia con la propiedad de la Plaza de Toros de Acho, en Lima, la más antigua de América.

Y por cierto, su hijo Julio, Barón de Monte Villena, se casó con una peruana, doña Verónica Díez Dibós, y precisamente uno de sus nietos leyó después de la Misa de Difuntos una emotiva nota de su propia autoría en la que se declaraba español, peruano y chileno, aunando en sí linajes de uno y otro lado del océano. Siempre me acordaré cómo me contaba que al llegar al Club Nacional, mi club en Lima, donde se celebró el banquete de la boda de su hijo Julio, mi tío José Cabieses, hermano de mi madre y viejo amigo suyo, le acompañó en un exhaustivo recorrido por el palacio limeño que alberga esa antigua institución fundada en 1855. “El club es magnífico, Amadeo”, me decía, “pero me perdí el aperitivo perdido entre tanto salón”. Julio y sus historias sin fin que tantas veces me arrepentí de no grabar.

Pues sí, Julio era imponente por su facha, elegantísimo siempre. Pero una de las virtudes que más cautivaban en su persona era su prodigiosa memoria y su enorme capacidad para contar historias y para escribirlas, aunque muchos le animábamos en vano a que redactara sus memorias que, sin duda, serían verdaderamente interesantes. Así lo decía también el sacerdote que celebró su funeral, y tenía razón.
Ahora que ha fallecido, puedo y debo contar algo que le retrata como persona y que constituye la esencia de su personalidad leal y sincera. Hace años, cuando S.A.R. el Infante Don Carlos, al que Julio quería de verdad con un afecto sin duda correspondido, me hizo el honor de pedirme que formara parte del gobierno de la Orden Constantiniana como Vice-Auditor General de la misma, me habló de Julio. El Duque de Calabria me explicó por qué tenía tanto aprecio por el Conde de la Conquista: porque le decía siempre la verdad, aunque fuera dura. Esa lealtad, esa franqueza, respetuosa pero desnuda de todo artificio, es la que anhelan los príncipes y es la que Julio Conquista ofrecía, con toda fidelidad y devoción, al Gran Maestre de la Orden Constantiniana. Por eso y por esa larga amistad el Infante y la Duquesa de Calabria estaban presentes en el presbiterio durante su funeral, y en la nave también SS.AA.RR. los Duques de Noto y S.A.R. la princesa Doña Cristina de Borbón-Dos Sicilias con su marido don Pedro López-Quesada. Y el Gobierno de la Orden Constantiniana representado por su Vice-Gran Prefecto el Duque de Huéscar, su Gran Canciller el Embajador don Carlos Abella y Ramallo, y su Vice-Gran Tesorero don Florencio Álvarez-Labrador y Sanz, además de quien esto escribe.

Durante su larga vida, aunque para sus familiares y amigos nunca será lo suficientemente dilatada, hizo muchas cosas y conoció a infinidad de personajes de diversos ámbitos. Fue campeón de España de Tiro de Pichón en 1955. Gran amante de la naturaleza, que como buen cazador defendió con uñas y dientes, fundó la Asociación para la Defensa de la Naturaleza (ADENA) con el extraordinario naturalista que fue don Félix Rodríguez de la Fuente. Corría el año de 1968 y más tarde se integraría en la World Wildlife Fund (WWF). Con Félix Rodríguez de la Fuente poseyó la empresa Natura Films, siempre dedicada a la comunicación y formación sobre la vida animal.

Julio fue Caballero de la Orden de Santiago, o del hábito de Santiago como gustaba decir. Ese hábito, blanco y con la roja cruz en el centro, se colocó en un túmulo ante el altar donde se celebró el funeral de corpore in sepulto. Julio era caballero no sólo de nombre sino también de hechos. Se le reconoció recibiendo la Gran Cruz de Honor y Devoción de la Soberana Orden Militar de Malta -para la que consiguió la representación diplomática en España con rango de Embajada-, la Real en Insigne Orden de San Genaro, la Gran Cruz de Justicia de la Sacra y Militar Orden Constantiniana de San Jorge, de la que fue hasta su muerte Secretario General y Consejero de su Real Diputación, la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica, o la delegación de la Real Maestranza de Caballería de Valencia, de la que era maestrante. Fue además decano del Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid.

Por su linaje materno baste recordar que era nieto de don Manuel de Carvajal y Hurtado de Mendoza Téllez-Girón, XVII Marqués de Águilafuente, y de doña María del Pilar Colón y Aguilera de la Cerda, Duquesa de la Vega, hija a su vez de don Cristóbal Colón y de la Cerda, XV Duque de Veragua, y de doña Isabel de Aguilera y Santiago de Perales, hija ésta de los Marqueses de Benalúa.

Sobre su epitafio podrían escribirse muchas cosas. Mi amigo Fernando de Prado y Pardo Manuel de Villena, hijo suyo, me decía que era a la vez bondadoso e irónico, y es cierto. Pero ¿no fue acaso uno de los últimos auténticos y genuinos caballeros hispanoamericanos? Descansa en paz, querido Julio, y desde allá arriba sigue protegiendo a tu familia y queriendo a tu mujer, doña Isabel Pardo-Manuel de Villena y de Verástegui, condesa viuda de la Conquista.

Madrid, a 15 de enero de 2013