domingo, 21 de julio de 2013

Discours du Roi Albert II lors de la signature de l’acte d’abdication


Mesdames et Messieurs, Avant d’abdiquer, je suis heureux de m’adresser une dernière fois aux Autorités du pays, et à travers vous, à toute la population.

Je voudrais vous remercier, pour ce que vous avez réalisé de positif pour notre cher pays pendant la durée de mon règne.
Je voudrais ensuite rendre un hommage particulier au Premier Ministre, qui a accepté et accompli avec succès la difficile mission de former ce gouvernement, et qui ensuite, avec les Vice-Premiers Ministres et tout le Gouvernement, a pris les mesures nécessaires pour, dans des conditions difficiles, préserver au mieux le bien-être de tous les Belges.
Je voudrais aussi féliciter les Présidents des 8 partis qui, ensemble avec le Premier Ministre, ont convenu d’une réforme majeure de notre Etat fédéral. La Belgique se modernise et je m’en félicite. Et je m’en voudrais de ne pas associer les deux Secrétaires d’Etat concernés à cet hommage, pour l’énorme travail accompli.
Même si, de par le fonctionnement de nos institutions, j’ai davantage côtoyé durant mon règne les chefs et les membres des différents gouvernements qui se sont succédés, je souhaite saluer ici le rôle essentiel de nos assemblées parlementaires, et en particulier celui de l’opposition, sans lequel il n’y a pas de démocratie digne de ce nom.Il en est de même pour la liberté de la presse, qu’il faut chérir à tout prix.
Quant à la Reine Paola, qui m’a constamment soutenu dans ma tâche durant ces 20 années, je voudrais simplement lui dire merci.
Merci que j’adresse aussi à celles et à ceux qui auprès de moi m’ont prodigué de précieux conseils. Enfin, en tant que Roi et père, je voudrais m’adresser à mon fils, qui va me succéder. Philippe, tu as toutes les qualités de cœur et d’intelligence pour très bien servir notre pays dans tes nouvelles responsabilités. Toi-même et ta chère épouse Mathilde, avez toute notre confiance. Ta mère et moi formons le vœu ardent de plein succès dans cette tâche à laquelle tu es bien préparé.
Mes dernières recommandations pour vous tous, rassemblés ici, sont : travaillez sans relâche à la cohésion de la Belgique. Vous serez ainsi davantage encore des artisans de paix, vous défendrez au mieux le bien-être de tous, et notre pays restera une inspiration pour l’Europe qui cherche l’unité dans la diversité.
Meine Damen und Herren,
Unser Land muss ein Inspirationsquell für Europa bleiben, dieses Europa das die Einheit in seiner Verschiedenheit sucht.
Herzlichen Dank.
Merci

miércoles, 1 de mayo de 2013

2013, el Tratado de Utrecht y Felipe V: Una mirada desde la cultura



Tal y como está el panorama político en general y autonómico en particular, no creo que esta efeméride sea muy recordada o celebrada a lo largo del año que acabamos de estrenar. Sin embargo, paradójicamente, en un tiempo en el que todo se politiza, nada más lejos de mi intención que polemizar en torno a la firma del Tratado de Utrecht, para tan solo referir alguna de las consecuencias artísticas y culturales que éste trajo consigo.

Realmente la Paz de Utrecht, por los países y los intereses implicados, es compleja y más que de un tratado, podemos hablar de varios tratados, pero realmente fue en 1713 cuando se acordaron los pactos más trascendentes, aquellos que permitieron dar un cambio de rumbo a toda Europa, a éstos se pueden añadir otros rubricados en el año anterior o posterior.

Por lo que a nosotros respecta, el Tratado de Utrecht, y con él el asentamiento definitivo de la dinastía borbónica en nuestro país supuso el advenimiento de una necesaria transformación del panorama cultural de la España de entonces, una transformación de la que nosotros querámoslo o no, directa o indirectamente, somos herederos.

En efecto, en unos tiempos, en los que tanto se habla de la necesaria internacionalización del arte y de su imprescindible cohesión con Europa, aunque algo de esto ya sabía Ortega y Gasset frente a los presupuestos del melancólico regeneracionismo noventayochista, lo cierto es que la firma del Tratado implicaba una nueva alianza, al menos cultural, con el Viejo Continente.

Aun con el alto coste geográfico que supuso para España Utrecht, la llegada de Felipe V determinó en muchos aspectos el fin de un país ensimismado en el trono caído del Imperio, y aquí, sí incluyo, con intención de polemizar, nuestro gran Siglo de Oro, a favor del aperturismo hacia Francia e Italia, con todo lo que eso suponía en el pensamiento y la estética del llamado Siglo de las Luces.

La puerta a la Ilustración quedaba abierta, fue tan solo un proceso de decantación que, en algunos casos, dejó fuera de juego a ciertos creadores españoles a favor del cosmopolitismo sofisticado de pintores como Van Loo o de arquitectos como Juvara y Sachetti. Otro tanto podíamos decir de la música, la estancia de Farinelli y sobre todo de D. Scarlatti en la corte madrileña renovó la inspiración de toda una potente generación de compositores nacionales. Por cierto, aunque adquiridos en tiempos de Carlos IV, fue Felipe V quien ya intentó atesorar una importante colección de Stradivarius.

Es también ahora cuando se cimienta nuestro actual afán científico a través de la sistematización del conocimiento, la herramienta elegida en este caso fueron las academias, cuyo impulso inicial vino de la mano del primer Borbón. El interés por el conocimiento y la ciencia quedaba ratificado por ciertas reformas educativas, encaminadas al control de ésta por parte del Estado. 

Javier García-Luengo Manchado
Miembro de la Asociación Monárquica Europea

sábado, 16 de marzo de 2013

Al Servicio de Dios y de las Almas




Entre las muchas tradiciones de los pontífices romanos se cuenta la de elegir un escudo que simbolice su persona y, en algunos casos, un lema que hable de la línea maestra de lo que desea sea su pontificado. Desde Inocencio III los papas usan escudos de armas. Los dos últimos papas han sido muy distintos, y diferente también fue su criterio para elegir su blasón. Desde la muerte del Arzobispo Bruno Heim, uno de los prelados más dedicados a la heráldica papal y que diseñó los escudos de Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, es el Cardenal Andrea Cordero Lanza di Montezzemolo, que no ha sido elector en el último cónclave, debido a su edad, el más conocido prelado amante y conocedor de la heráldica. En 2005, sin ser aún cardenal sino Arzobispo y Nuncio Apostólico, diseñó el escudo de Benedicto XVI. El escudo  sorprendió a propios y extraños por haber utilizado una mitra de modernas formas sobre las armas papales en vez de la tradicional tiara pontificia. Incluyó también un símbolo nuevo en la heráldica papal: el pallium, el palio petrino, insignia típica del Soberano Pontífice que aparece frecuentemente en retratos de antiguos papas y que simboliza no sólo su jurisdicción sino también su colegialidad y hermandad con los Arzobispos Metropolitanos.

El cardenal Jorge Mario Bergoglio, ahora Su Santidad el Papa Francisco I, tiene en el centro del campo de azur de sus armas cardenalicias un sol de oro cargado con las letras IHS, simbología plenamente jesuítica, como corresponde a quien pertenece a la Compañía de Jesús, además de tres clavos alusivos sin duda a los de Cristo. También lleva una estrella de plata de cinco puntas, símbolo mariano, y un racimo de uvas. Y como lema las palabras “Miserando Atque Eligendo”. Es sabido que Juan Pablo II tomó el famoso lema “Totus Tuus”, que expresaba su consagración a la Virgen María y la veneración a San Luis María Grignion de Montfort en cuyo libro “Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen” figuran esas palabras. Sin embargo Benedicto XVI no eligió moto alguno,  como significando apertura a todos los ideales derivados de la Fe, la Esperanza y la Caridad, como señaló en su día el citado Andrea Cordero Lanza di Montezzemolo, quien por cierto tiene un hermano en el país del nuevo Papa, Argentina: el marqués Manfredo Cordero Lanza di Montezzemolo, Caballero de Honor y Devoción en Obediencia de la Soberana Orden Militar de Malta.

El lema del escudo del cardenal Bergoglio hace referencia a la elección de San Mateo, cuando Nuestro Señor Jesucristo señaló al publicano con misericordia y eligiéndolo (miserando atque eligendo) y le dijo “sígueme”. Es pues la manifestación de una vocación, de la vocación a servir a Dios y a las almas. No sabemos qué escudo y qué lema elegirá el nuevo Papa. Esperemos pues, expectantes, las nuevas armas papales que imaginamos llevarán las llaves de San Pedro, dispuestas en cruz de San Andrés. El resto está por ver.

Amadeo Rey y Cabieses
Miembro de la Junta Directiva de la Asociación Monárquica Europea
Doctor en Historia

Publicado en La Razón del 15-03-2013

lunes, 4 de marzo de 2013

Protocolo de la Entronización Papal


por Amadeo-Martín Rey y Cabieses


Con la ayuda del Espíritu Santo y la necesaria colaboración de los cardenales electores, pronto tendremos nuevo Papa. La inauguración del pontificado, el rito de coronación ahora llamado de entronización, supondrá un despliegue de complicadas ceremonias a las que probablemente acuda nuestra Reina. El protocolo exige que en las audiencias privadas ante el Papa las damas vistan de negro, sin escotes, falda por debajo de la rodilla y manga larga. Evidentemente se deben evitar altos tacones, excesivas joyas y demasiado maquillaje. Así es como debería ir la Princesa de Asturias. Aunque hay quien piensa que sólo las reinas de España y de Portugal tienen el privilegio de lucir traje blanco y mantilla de idéntico color ante Su Santidad el Papa, lo cierto es que este uso, el llamado “Privilège du blanc”, está extendido al resto de soberanas católicas tanto titulares como consortes, como agradecimiento del Papa a los soberanos que se mantuvieron fieles al Sumo Pontífice durante los convulsos tiempos de la Reforma Protestante.

Sin embargo, las reinas de España tienen la particularidad de usar peineta, mientras que el resto usa simplemente la mantilla sobre el cabello. Así, en un acto en la Santa Sede ante S.S. el Papa podrían usar traje y mantilla blanca S.M. la Reina Doña Sofía de España, S.M. la Reina Fabiola, S.M. la Reina Paola de los Belgas, S.A.R. la Gran Duquesa María Teresa de Luxemburgo y por extensión SS.AA.SS. las Princesas María de Liechtenstein y Charlene de Mónaco. La esposa del entonces primer ministro británico Anthony Blair dio un “faux pas” cuando se presentó ante Benedicto XVI en 2006 vestida de blanco.

La tradición en las ceremonias solemnes y audiencias papales en la Santa Sede es que los varones acudan vestidos con frac, con chaleco negro en vez de blanco cuando se trata de una ceremonia religiosa. Lamentablemente algunos monarcas y príncipes europeos han pasado por alto esta respetuosa costumbre para presentarse ante el Sucesor de Pedro con un simple traje oscuro. Fue el reciente caso del príncipe Alberto II de Mónaco, que –en enero pasado- acudió de azul mientras su esposa llevaba traje blanco con mantilla del mismo color. Los signos exteriores dicen de las disposiciones interiores y no estaría de más que las acendradas usanzas vaticanas continuaran rigiendo y siendo respetadas.

Cuando Benedicto XVI fue entronizado en 2005 acudieron SS.MM. los Reyes de España acompañados por los ministros de Asuntos Exteriores, Defensa y Justicia. El día antes es ya tradición que el Embajador de España ante la Santa Sede, que hoy es Eduardo Gutiérrez Sáenz de Buruaga, ofrezca una recepción en el Palacio de España en Roma, sede de la misión diplomática permanente más antigua del mundo. Don Juan Carlos y Doña Sofía estuvieron también en los ritos de coronación de Juan Pablo I, Juan Pablo II en 1978. El protocolo vaticano establece que los soberanos reinantes y sus consortes se sienten en primera fila por orden alfabético del nombre de sus países en francés, el idioma diplomático por excelencia. Los miembros de casas reales no reinantes van detrás de las reinantes. Don Juan Carlos I vestía entonces uniforme de gala de capitán general y Doña Sofía traje y mantilla blancos con peineta. Cuando el ahora Papa Emérito inauguró su pontificado sólo acudieron, de entre las Casas Reales europeas reinantes, y entre los 36 jefes de Estado y las 140 delegaciones oficiales, además de nuestros Reyes, Carlos XVI Gustavo de Suecia, los grandes duques Enrique y María Teresa de Luxemburgo –ella de blanco y mantilla- Alberto II de Mónaco, el príncipe heredero Guillermo Alejandro de los Países Bajos, el príncipe heredero Felipe de Bélgica y el Duque de Edimburgo, esposo de Isabel II de Inglaterra. Esperemos que para acompañar a quien salga elegido Papa del próximo cónclave haya más y más altas representaciones. No en vano, será no sólo un soberano temporal sino el líder espiritual de millones de personas de todo el mundo.

Amadeo Rey es Doctor en Historia, Profesor de Dinastías Reales del Máster de Protocolo de la Universidad Rey Juan Carlos y miembro de la Directiva de la Asociación Monárquica Europea

Publicado en La Razón el 02-03-2013



viernes, 1 de marzo de 2013

Definición de la Monarquía Hereditaria

Primer Manifiesto de Estoril de Don Juan, Conde de Barcelona, de 7 de abril de 1947




Españoles:


El General Franco ha anunciado públicamente su propósito de presentar a las llamadas Cortes un proyecto de Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, por el cual España queda constituida en Reino, y se prevé un sistema por completo opuesto al de las Leyes que históricamente han regulado la sucesión a la Corona.

En momentos tan críticos para la estabilidad política de la Patria, no puedo dejar de dirigirme a vosotros, como legítimo Representante que soy de vuestra Monarquía, para fijar mi actitud ante tan grave intento.

Los principios que rigen la sucesión de la Corona, y que son uno de los elementos básicos de la legalidad en que la Monarquía Tradicional se asienta, no pueden ser modificados sin la actuación conjunta del Rey y de la Nación legítimamente representada en Cortes. Lo que ahora se quiere hacer carece de ambos concursos esenciales, pues ni el titular de la Corona interviene ni puede decirse que encarne la voluntad de la Nación el organismo que, con el nombre de Cortes, no pasa de ser una mera creación gubernativa. La Ley de Sucesión que naciera en condiciones tales adolecería de un vicio sustancial de nulidad.
Tanto o más grave es la cuestión de fondo que el citado proyecto plantea. Sin tener en cuenta la necesidad apremiante que España siente de contar con instituciones estables, sin querer advertir que lo que el país desea es salir cuanto antes de una interinidad cada día más peligrosa, sin comprender que la hostilidad de que la Patria se ve rodeada en el mundo nace en máxima parte de la presencia del General Franco en la Jefatura del Estado, lo que ahora se pretende es pura y simplemente convertir en vitalicia esa dictadura personal, convalidar unos títulos, según parece hasta ahora precarios, y disfrazar con el manto glorioso de la Monarquía un régimen de puro arbitrio gubernamental, la necesidad de la cual hace ya mucho tiempo que no existe.

Mañana la Historia, hoy los españoles, no me perdonarían si permaneciese silencioso ante el ataque que se pretende perpetrar contra la esencia misma de la Institución monárquica hereditaria, que es, en frase de nuestro Balmes, una de las conquistas más grandes y más felices de la ciencia política.

La Monarquía hereditaria es, por su propia naturaleza, un elemento básico de estabilidad, merced a la permanencia institucional que triunfa de la caducidad de las personas, y gracias a la fijeza y claridad de los principios sucesorios, que eliminan los motivos de discordia, y hacen posible el choque de los apetitos y las banderías.

Todas esas supremas ventajas desaparecen en el proyecto sucesorio, que cambia la fijeza en imprecisión, que abre la puerta a todas las contiendas intestinas, y que prescinde de la continuidad hereditaria, para volver, con lamentable espíritu de regresión, a una de esas imperfectas fórmulas de caudillaje electivo, en que se debatieron trágicamente los pueblos en los albores de su vida política.

Los momentos son demasiado graves para que España vaya a añadir una nueva ficción constitucional a las que hoy integran el conjunto de disposiciones que se quieren hacer pasar por leyes orgánicas de la Nación, y que además, nunca han tenido efectividad práctica.

Frente a ese intento, yo tengo el deber inexcusable de hacer una pública y solemne afirmación del supremo principio de legitimidad que encarno, de los imprescriptibles derechos de soberanía que la Providencia de Dios ha querido que vinieran a confluir en mi persona, y que no puedo en conciencia abandonar porque nacen de muchos siglos de Historia, y están directamente ligados con el presente y el porvenir de nuestra España.
Por lo mismo que he puesto mi suprema ilusión en ser el Rey de todos los españoles que quieran de buena fe acatar un Estado de Derecho inspirado en los principios esenciales de la vida de la Nación y que obligue por igual a gobernantes y gobernados, he estado y estoy dispuesto a facilitar todo lo que permita asegurar la normal e incondicional transmisión de poderes. Lo que no se me puede pedir es que dé mi asentimiento a actos que supongan el incumplimiento del sagrado deber de custodia de derechos que no son solo de la Corona, sino que forman parte del acervo espiritual de la Patria.
Con fe ciega en los grandes destinos de nuestra España querida, sabéis que podéis contar siempre con vuestro Rey.

JUAN
Estoril, 7 de abril de 1947

jueves, 17 de enero de 2013

Necrológica del Conde de la Conquista




NECROLÓGICA DEL EXCMO. SR. DON JULIO DE PRADO Y COLÓN DE CARVAJAL, CONDE DE LA CONQUISTA,
SECRETARIO GENERAL DE LA SACRA Y MILITAR ORDEN CONSTANTINIANA DE SAN JORGE


Amadeo-Martín Rey y Cabieses

Doctor en Historia
Vice-Auditor General y Consejero de la Real Diputación de la Sacra y Militar Orden Constantiniana de San Jorge


El pasado día 29 de diciembre de 2012 falleció en Madrid don Julio de Prado y Colón de Carvajal Valdés y Colón, Conde de la Conquista. Ayer, 14 de enero de 2013, se celebró el funeral por su eterno descanso en la madrileña parroquia del Bautismo de Nuestro Señor.

Si todos y cada uno de nosotros somos únicos e insustituibles, esta máxima se cumple de manera sublime en la persona de Julio. Sabiendo que yo soy español y peruano, muchas veces me decía: “Amadeo, tú me comprendes bien, porque ambos somos criollos americanos”, es decir descendientes de españoles radicados hace siglos en América del Sur: españoles de allende los mares, en definitiva. Julio se sentía y era muy español, pero no se sentía menos americano. De ilustre prosapia chilena, había nacido en Madrid el 1 de noviembre de 1928, hijo del diplomático don Julio José de Prado y Valdés y de doña María del Pilar Colón de Carvajal y Hurtado de Mendoza, Marquesa de Castiglione de Aragón. Su amor por Chile le llevó a hacer el servicio militar en ese país. Su abuelo chileno don Julio de Prado y Amor, historiador y abogado, fue sucesivamente Gobernador de Taltal, Intendente de Antofagasta y luego de Atacama, Alcalde de Santiago, Diputado por Copiapó, Chañaral, Vallenar y Freirina y finalmente Ministro de Justicia e Instrucción Pública de Chile.
Descendía Julio de Bárbola Coya casada con el conquistador don García Díaz de Castro, y prima hermana de la ñusta, es decir de la princesa inca Beatriz Clara Coya, nieta de Manco II
Inca y sobrina de Túpac Amaru I, única heredera de la rica encomienda de Yucay, que casó en 1572 con un sobrino de San Ignacio de Loyola, el caballero de la Orden de Calatrava don Martín García de Loyola. Varias veces comentamos Julio y yo del fantástico cuadro que hay en la antesala de la sacristía de la Iglesia de la Compañía de Jesús de la bella ciudad peruana de Arequipa, que refleja ese matrimonio, tronco de los Marqueses de Santiago de Oropesa. Según Luque Colombres Bárbola era “sobrina del Rey Inca del Perú, de la estirpe Imperial de Los Incas, hija de Huira Cápac y de su mujer, Huacca Coya; nieta de Manco Inca, Emperador del Perú y de su mujer, Coya Raba Ocllo, y nieta de Huaina Cápac, Emperador del Perú, y de Pacha, Princesa real, hija de Hatun Toqui, Rey de Quito.
También descendía Julio de José Miguel de la Carrera, Juan de Garay, Francisco Pizarro, Hernán Cortés, Moctezuma, Cristóbal Colón, Jorge Manrique, sobrino del maestre de Santiago Rodrigo Manrique, Conde de Paredes de Nava, etc. España y América siempre, en su pasado, y en su presente. Mucho de Chile pero también del Perú. Recuerdo cómo me hablaba de los vínculos de su familia con la propiedad de la Plaza de Toros de Acho, en Lima, la más antigua de América.

Y por cierto, su hijo Julio, Barón de Monte Villena, se casó con una peruana, doña Verónica Díez Dibós, y precisamente uno de sus nietos leyó después de la Misa de Difuntos una emotiva nota de su propia autoría en la que se declaraba español, peruano y chileno, aunando en sí linajes de uno y otro lado del océano. Siempre me acordaré cómo me contaba que al llegar al Club Nacional, mi club en Lima, donde se celebró el banquete de la boda de su hijo Julio, mi tío José Cabieses, hermano de mi madre y viejo amigo suyo, le acompañó en un exhaustivo recorrido por el palacio limeño que alberga esa antigua institución fundada en 1855. “El club es magnífico, Amadeo”, me decía, “pero me perdí el aperitivo perdido entre tanto salón”. Julio y sus historias sin fin que tantas veces me arrepentí de no grabar.

Pues sí, Julio era imponente por su facha, elegantísimo siempre. Pero una de las virtudes que más cautivaban en su persona era su prodigiosa memoria y su enorme capacidad para contar historias y para escribirlas, aunque muchos le animábamos en vano a que redactara sus memorias que, sin duda, serían verdaderamente interesantes. Así lo decía también el sacerdote que celebró su funeral, y tenía razón.
Ahora que ha fallecido, puedo y debo contar algo que le retrata como persona y que constituye la esencia de su personalidad leal y sincera. Hace años, cuando S.A.R. el Infante Don Carlos, al que Julio quería de verdad con un afecto sin duda correspondido, me hizo el honor de pedirme que formara parte del gobierno de la Orden Constantiniana como Vice-Auditor General de la misma, me habló de Julio. El Duque de Calabria me explicó por qué tenía tanto aprecio por el Conde de la Conquista: porque le decía siempre la verdad, aunque fuera dura. Esa lealtad, esa franqueza, respetuosa pero desnuda de todo artificio, es la que anhelan los príncipes y es la que Julio Conquista ofrecía, con toda fidelidad y devoción, al Gran Maestre de la Orden Constantiniana. Por eso y por esa larga amistad el Infante y la Duquesa de Calabria estaban presentes en el presbiterio durante su funeral, y en la nave también SS.AA.RR. los Duques de Noto y S.A.R. la princesa Doña Cristina de Borbón-Dos Sicilias con su marido don Pedro López-Quesada. Y el Gobierno de la Orden Constantiniana representado por su Vice-Gran Prefecto el Duque de Huéscar, su Gran Canciller el Embajador don Carlos Abella y Ramallo, y su Vice-Gran Tesorero don Florencio Álvarez-Labrador y Sanz, además de quien esto escribe.

Durante su larga vida, aunque para sus familiares y amigos nunca será lo suficientemente dilatada, hizo muchas cosas y conoció a infinidad de personajes de diversos ámbitos. Fue campeón de España de Tiro de Pichón en 1955. Gran amante de la naturaleza, que como buen cazador defendió con uñas y dientes, fundó la Asociación para la Defensa de la Naturaleza (ADENA) con el extraordinario naturalista que fue don Félix Rodríguez de la Fuente. Corría el año de 1968 y más tarde se integraría en la World Wildlife Fund (WWF). Con Félix Rodríguez de la Fuente poseyó la empresa Natura Films, siempre dedicada a la comunicación y formación sobre la vida animal.

Julio fue Caballero de la Orden de Santiago, o del hábito de Santiago como gustaba decir. Ese hábito, blanco y con la roja cruz en el centro, se colocó en un túmulo ante el altar donde se celebró el funeral de corpore in sepulto. Julio era caballero no sólo de nombre sino también de hechos. Se le reconoció recibiendo la Gran Cruz de Honor y Devoción de la Soberana Orden Militar de Malta -para la que consiguió la representación diplomática en España con rango de Embajada-, la Real en Insigne Orden de San Genaro, la Gran Cruz de Justicia de la Sacra y Militar Orden Constantiniana de San Jorge, de la que fue hasta su muerte Secretario General y Consejero de su Real Diputación, la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica, o la delegación de la Real Maestranza de Caballería de Valencia, de la que era maestrante. Fue además decano del Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid.

Por su linaje materno baste recordar que era nieto de don Manuel de Carvajal y Hurtado de Mendoza Téllez-Girón, XVII Marqués de Águilafuente, y de doña María del Pilar Colón y Aguilera de la Cerda, Duquesa de la Vega, hija a su vez de don Cristóbal Colón y de la Cerda, XV Duque de Veragua, y de doña Isabel de Aguilera y Santiago de Perales, hija ésta de los Marqueses de Benalúa.

Sobre su epitafio podrían escribirse muchas cosas. Mi amigo Fernando de Prado y Pardo Manuel de Villena, hijo suyo, me decía que era a la vez bondadoso e irónico, y es cierto. Pero ¿no fue acaso uno de los últimos auténticos y genuinos caballeros hispanoamericanos? Descansa en paz, querido Julio, y desde allá arriba sigue protegiendo a tu familia y queriendo a tu mujer, doña Isabel Pardo-Manuel de Villena y de Verástegui, condesa viuda de la Conquista.

Madrid, a 15 de enero de 2013